Sobre la Constitución del 57 y el trabajador actual

La Constitución de 1857, que para un buen número de estudiosos del derecho constitucional representa la máxima expresión jurídica producida en nuestra nación, no consagra derecho social alguno; sin embargo, en las discusiones llevadas a cabo por el constituyente, destacan sin duda alguna las palabras expresadas en favor de los obreros por Juan Ignacio Paulino Ramírez Calzada, mejor conocido como “El Nigromante”.

Dijo El Nigromante: “El más grave de los cargos que hago a la comisión es de haber conservado la servidumbre de los jornaleros. El jornalero es un hombre que a fuerza de penosos y continuos trabajos arranca de la tierra, ya la espiga que alimenta, ya la seda y el oro que engalana a los pueblos. En su mano creadora el rudo instrumento se convierte en máquina y la informe piedra en magníficos palacios. Las invenciones prodigiosas de la industria se deben a un reducido número de sabios y a millones de jornaleros: donde quiera que exista un valor, allí se encuentra la efigie soberana del trabajo.”

“Pues bien, el jornalero es esclavo. Primitivamente lo fue del hombre; a esta condición lo redujo el derecho de la guerra, terrible sanción del derecho divino. Como esclavo nada le pertenece, ni su familia, ni su existencia, y el alimento no es para el hombre máquina un derecho, sino una obligación de conservarse para el servicio de los propietarios. En diversas épocas el hombre productor, emancipándose del hombre rentista siguió sometido a la servidumbre de a tierra; el feudalismo de la Edad Media, y el de Rusia y el de la tierra caliente, son bastante conocidos para que sea necesario pintar sus horrores. Logró también quebrantar el trabajador las cadenas que lo unían al suelo como un producto de la naturaleza y hoy se encuentra esclavo del capital que, no necesitando sino breves horas de su vida, especula hasta con sus mismos alimentos. Antes el siervo era el árbol que se cultivaba para que produjera abundantes frutos, hoy el trabajador es la caña que se exprime y se abandona. Así es que el grande, el verdadero problema social, es emancipar a los jornaleros de los capitalistas: la resolución es muy sencilla y se reduce a convertir en capital el trabajo. Esta operación exigida imperiosamente por la justicia, asegurará al jornalero no solamente el salario que conviene a su subsistencia, sino un derecho a dividir proporcionalmente las ganancias con todo empresario. La escuela económica tiene razón al proclamar que el capital en numerario debe producir un rédito como el capital en efectos mercantiles y en bienes raíces; los economistas completarán su obra, adelantándose a las aspiraciones del socialismo, el día que concedan los derechos incuestionables a un rédito al capital trabajo. Sabios economistas de la comisión, en vano proclamaréis la soberanía del pueblo mientras privéis a cada jornalero de todo el fruto de su trabajo y lo obliguéis a comerse su capital y le pongáis en cambio una ridícula corona sobre la frente. Mientras el trabajador consuma sus fondos bajo la forma de salario y ceda sus rentas con todas las utilidades de la empresa al socio capitalista, la caja de ahorros es una ilusión, el banco del pueblo es una metáfora, el inmediato productor de todas las riquezas no disfrutará de ningún crédito mercantil en el mercado, no podrá ejercer los derechos de ciudadano, no podrá instruirse, no podrá educar a su familia, perecerá de miseria en su vejez y en sus enfermedades. En esta falta de elementos sociales, encontraréis el verdadero secreto de por qué vuestro sistema municipal es una quimera”

“He desvanecido las ilusiones a que la comisión se ha entregado, ningún escrúpulo me atormenta. Yo se bien que a pesar del engaño y de la opresión, muchas naciones han levantado su fama hasta una esfera deslumbradora; pero hoy los pueblos no desean ni el trono diamantino de Napoleón, nadando en sangre, ni el rico botín que cada año se dividen los Estados Unidos conquistado por piratas y conservado por esclavos. No quieren, no, el esplendor de sus señores, sino un modesto bienestar derramado entre todos los individuos. El instinto de la conservación personal, que mueve los labios del niño buscándole alimento y es el último despojo que entregamos a la muerte, he aquí la base del edificio social.”

“La nación mexicana no puede organizarse con los elementos de la antigua ciencia política, porque ellos son la expresión de la esclavitud y de las preocupaciones; necesita una constitución que le organice el progreso, que ponga el orden en el movimiento. ¿A qué se reduce esta constitución que establece el orden en la inmovilidad absoluta? Es una tumba preparada para un cuerpo que vive. Señores, nosotros acordamos con entusiasmo un privilegio al que introduce una raza de caballos o inventa un arma mortífera; formemos una constitución que se funde en el privilegio de los menesterosos, de los ignorantes, de los débiles, para que de este modo mejoremos nuestra raza y para que el poder público no sea otra cosa que la beneficencia organizada”.

Las emotivas palabras expresadas por “El Nigromante” desafortunadamente no tuvieron un efecto real en la constitución de 1857, quedan como anécdota para la historia; sin embargo, no por ello deja de ser dramático que a ciento cincuenta años de distancia continúen vigentes; y es que el triunfo de los sofistas iniciado por los griegos y consolidado por Maquiavelo ha llevado a la humanidad a un estado de miseria moral; los políticos buscan el poder para beneficio de unos cuantos allegados y miembros de la clase gobernante, en cierta medida no hemos superado el sistema cortesano; son contados los países que se han convertido en auténticos estados constitucionales cuya carta magna es motor, dirección y control del progreso económico, político y social. Lamentablemente nuestro país no se encuentra entre ellos. Es lamentable escuchar loas a nuestra constitución vigente, que dicho sea de paso nació con vicios de origen, y que se refieren a ella como la primera constitución social de la historia; el problema, como todos sabemos, es que no basta un precepto constitucional para hacer que lo ordenado en el cuerpo del mismo sea cumplido; se requieren leyes secundarias que aseguren el cabal cumplimiento de lo señalado en la ley fundamental. Individuos como Ignacio Burgoa, elevado a los altares de la ciencia jurídica por algunos, no han sido sino mercaderes de su conocimiento al servicio del Estado; no dudamos de su capacidad como juristas, pero afirmamos que se vendieron al Estado y manipularon conceptos sustanciales de nuestra constitución vigente que han permitido a la clase gobernante permanecer en el privilegio y la opulencia mientras el pueblo de jornaleros es cada día más miserable. No en vano se le atribuye la frase “..hay que agitarlo todo para que no se mueva nada..”.

Hay quienes afirman que no tenemos opción porque somos un país pobre; pero si revisamos la historia nos daremos cuenta que México dista mucho de ser un país pobre, ha generado cuantiosa riqueza, desafortunadamente para unos cuantos; hay quien hoy en día afirma que los patrones no pueden pagar mejores jornales; nada más alejado de la realidad; vemos diariamente en nuestra experiencia profesional y en nuestra vida cotidiana como los patrones acumulan fortunas inmensas a costa de la explotación de los trabajadores; riqueza hay, pero la ley esta diseñada para que sea mal repartida; esa es la respuesta de los ochenta millones de mexicanos pobres; no la carencia de recursos económicos de los patrones y del estado; tenemos una de las burocracias mejor pagadas del planeta; irónicamente en un país que ellos mismos catalogan como pobre. En cierto sentido, la situación de la gran mayoría de los jornaleros mexicanos no ha mutado desde que “El Nigromante” pronunció para historia su memorable discurso. Triste realidad de la nación mexicana.

Debemos señalar que en otros escritos hemos reflexionado sobre la tenue línea que separa los derechos fundamentales y la protección del Estado al trabajador; pero ratificamos lo manifestado en el sentido que en la búsqueda de la justicia el legislador debe atender siempre al bien de la mayoría, porque al final el bienestar de la mayoría se verá reflejado en el bienestar de la nación y en la eficiencia del Estado para cumplir los fines teleológicos del mismo, que no es otro que la felicidad de cada uno de los integrantes de su población.

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